ANDACOLLO, la fe sobre el mineral

Ciertamente el Andacollo de hoy, no se parece prácticamente en nada al que era hace unos siglos atrás, cuando era sólo un paisaje de serranías resecas, que en aquel entonces, era habitado por la cultura Molle, que a la llegada de los Incas, estos vieron asombrados en estas explanadas entre unos cuantos olivillos, chilcas y algunas flores amarillas de mayo, cómo el oro y el cobre estaban a ras de suelo, un tesoro digno para las ofrendas del monarca del Perú, transformando estas comunidades Molle en una colonia minera que serviría al imperio del Inca Tupac Yupanqui.

Por ello, se dice que la palabra Andacollo, etimológicamente vendría del Quechua “Anta-Coya” una suerte de exclamación que puede que signifique “cobre-reina” o como sonaría mejor “reina del cobre”, pero más allá de su remoto pasado y su ajetreado presente minero, Andacollo se ha forjado también y en gran parte, por otro componente eventualmente muy distinto al anterior y que se trata de un elemento también antiguo e intangible, la fe.

Caminamos por las calles ahora vacías, muy lejos de las que en otros tiempos pre pandemia se veían atiborradas de gentes provenientes de muchísimos lugares del país, entre turistas y creyentes feligreses que venían a la Fiesta Grande de la Virgen de Andacollo. Es casi pasado las 5 de la tarde y los negocios ya comienzan a cerrar, aún se arraiga la costumbre de la “hora de la oración” en algunos pueblos de Chile, por ello se ve poca gente en las calles después de estos horarios, en los días que pasamos notamos una notoria ausencia jóvenes, salvo los que estudian en los liceos locales, producto de la falta de oportunidades y cierto aislamiento que impera en esta y tantas zonas rurales del país.

Cómo en muchas otras historias que hemos publicado sobre arquitectura religiosa, Andacollo no se queda atrás, ya que posee dos insignias bien puestas en su pecho urbano, independientemente por donde se mire Andacollo, sus dos enormes templos que dominan el pueblo y se yerguen presumidos desafiando a los cerros circundantes y a los horribles relaves que flanquean a los habitantes, son sin duda alguna, su principal orgullo y atractivo turístico religioso, tanto que cuenta hasta con un museo de colecciones relacionado exclusivamente con objetos de la iglesia, desde muñecas vestidas con bailes chinos hasta antiquísimos atuendos ceremoniales pertenecientes a párrocos y otras autoridades eclesiásticas.

Pero vamos al principio, y como reza una frase en latín “Maxima pro minimis reddere” que sería como “Devolver lo máximo en retribución de lo mínimo” haciendo alusión a aquella necesidad tan materialista de construir cosas para rendir pleitesía a algo intangible. Y a propósito de lo anterior en realidad la iglesia actual (la más antigua) no es la original de época, se erigieron varias antes de esta.

El primero fue en el siglo XVI realizado por el cura doctrinero Juan Gaytán de Mendoza, luego vino un segundo que fue construido en el siglo XVII por un párroco llamado Bernardino Álvarez del Tobar, posteriormente en el siglo siguiente XVIII, se hizo el tercero por Manuel Alday que fue obispo de Santiago y finalmente la gran basílica que hoy vemos y que fue mandada a construir por el José Manuel Orrego tercer obispo de La Serena.

Un dato interesante de estas obras, es por ejemplo que la primera tenia paredes empalizadas y nada más que techo de paja de coirón, mismas características de las primeras casas de los invasores españoles. Por cierto, estos eran materiales perecederos ante el clima, que vale decir era bastante distinto al actual, antes llovía hoy no. Por ello, la primera iglesia comenzó a deteriorarse con el paso inexorable del tiempo, incluso se dijo que era “ramada indecente”, ante esa insultante apariencia y comentario negativo. Se dio inicio, para variar con la ayuda de los locales neófitos, la construcción de una nueva versión de iglesia, probablemente en el mismo lugar, ya que no se tiene certeza de que si fue una construcción totalmente nueva o simplemente se reconstruyó sobre los cimientos de la anterior, es decir, en un declive del cerro occidental con orientación de sur a norte. No obstante, este segundo edificio de fe sólo duro unos cien años, alrededor del 1776, esto por que también recibió epítetos de descalificación, en pocas palabras era indigno.

En este ir y venir de descalificaciones, llegó una fuerte donación de fondos de un feligrés llamado Isidoro Callejas que agradecido de la virgen por encontrar un tremendo filón de plata en la mina Churrumata, (muy cerca de Andacollo) la que permitió la terminación de este nuevo templo que duro nada más ni nada menos que 17 años, se decía que medía 48 varas de largo por 8 de ancho y nada más que adobe y madera.

En 1855 se hicieron mejoras y reparaciones que consistieron en el cambio de torres y reforzamiento de murallas con voluminosos contrafuertes que tuvieron un costo aproximado de 17.000 pesos de la época. Pero nos van a creer que aún era considerado de mal gusto y “poco artístico” un dato de esto era que sus proporciones eran contradictorias para el volumen que debía tener en realidad, media 40 metros de largo para los pocos 7 metros de ancho, una “carencia total de estilo” se dijo. Además, era oscura ya que tenía sólo cuatro ventanas rectangulares, con paredes interiores lisas y bóveda central tipo tijeral lo que parecía más una bodega que un templo religioso.

 

Nuevamente la iglesia tuvo nuevas y profundas modificaciones de transformación, especialmente en su parte interior, se botaron gruesas paredes y se abrieron nuevos espacios como el presbiterio, el coro y la capilla, etc. Las ventanas se rasgaron en forma de arco de medio punto y se instalaron los característicos vitrales policromados, el techo se levanto para cambiar su vulgar apariencia por un elegante artesonado de madera, las paredes lisas pasaron de eso a contener pilastras estriadas con capiteles corintios, este estilo fue también aplicado en la cornisa. El piso de madera rugosa, así mismo conoció el fino trabajo del mosaico. Así y entre otras mejoras que incluían, por ejemplo, dar un aspecto más ancho, dado su desproporcionado largo, con la adición dos capillitas en los costados (puertas laterales) llevando ahí los altares que estaban en el cuerpo de la iglesia. Todas estas transformaciones se vieron iluminadas, además, con la poderosa luz eléctrica Delco-Light de 500 bujías. Y tomemos nota, ya que todas las obras costaron la suma de 23.000 pesos.

Por cierto, que con el tiempo continuaron más modificaciones y adaptaciones a nuevas también necesidades y claro que hay más información al respecto, pero hablamos sólo del templo antiguo y su importante rol a mediados del siglo XVIII.

Así surgió, por propósito del segundo obispo de La Serena, Justo Donoso, la necesidad de levantar un nuevo templo, llamado vulgarmente como Basílica de Andacollo, más amplio y ambicioso para el pequeño pueblo, pero recién posterior a su periodo que fue José Manuel Orrego quien tomo la iniciativa como suya para erigir durante su gobierno en la diócesis serenense este mega proyecto arquitectónico.

El diseño pertenece al arquitecto italiano Eusebio Celli, un 25 de diciembre del año 1873 se bendijo la postura de la primera piedra. Que vale decir a propósito de la primera piedra, el terreno fue quien presentó las primeras dificultades por que Andacollo probablemente no tenga ningún rincón que no haya sido excavado en busca de oro, por lo que los cimiento debieron ser más profundos que lo normal, sobre seis metros.

Enormes vigas de Pino Oregón californiano original, atravesaron la empinada cuesta, imaginaran, con los medios de transporte de la época para erigir esta voluminosa obra y cabe señalar que prácticamente participó toda la comunidad andacollina y tomó largos y lentos 20 años y se gastaron alrededor de 286.000 pesos.

1800 planchas de fierro acanalado para techo y murallas entraron en esta obra, en el piso se usó el mejor pino y el más grueso posible.

Entre estos datos más duros de la obra cabe señalar que todo no fue amor y fe, hubo dificultades serias, como la inexpugnable tragedia, recogido de los relatos sabemos que al menos cuatro vidas se llevó esta construcción, obreros que sin mucha experticia cayeron de las alturas para encontrar la muerte casi instantánea.

Claramente quien impulsó la idea de esta obra, Orrego se retiró de la diócesis en 1887 siendo sucedido para terminar la basílica Florencio Fontecilla quien inauguro la obra en diciembre del año 1893, veinte años exactos desde la bendición de la primera piedra, llegando a gastar casi 500.000 pesos en total a su término.

Hoy cuando lo visitamos, sin público y onerosamente en privado para una breve sesión de fotografías, vemos un templo de estilo romano bizantino, voluminoso por donde se mire, 70 metros de largo por 30 metros de ancho, estando bajo el crucero casi sin aliento, calculamos que alcanza unos 40 metros de altura, mientras que la bóveda central en su interior alcanza los 24 metros, así mismo contiene cinco naves donde se extienden varias galerías flotantes de gran capacidad.

Otras cifras de sus proporciones que las fotografías aéreas hechas con dron corroboran que sus torres gemelas llegan a los 50 metros de altura y la colosal cúpula a los 45 metros. Esta gigantesca mole descansa sobre roca y cemento romano con seis metros de profundidad, su estructura básica es de una suerte de jaula hecha con grandes vigas de madera de alrededor de 18 metros de altura entrelazadas y apernadas, increíblemente los enlucidos de las paredes descansan sobre cañas de Guayaquil consideradas simplemente eternas, la pintura interior de ellas de tres manos nunca ha necesitado renovación alguna.

En resumen, luego de tantos años de existencia esta obra de arquitectura religiosa en casi perfecto estado de conservación, ha demostrado ser una obra que perdurará aun mucho más, generación tras generación y claro con millares de historias y detalles que se pueden seguir descubriendo, ojalá en persona.

Revista BIOMA

Área Patrimonio 2022

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