CIGARRAS, cantando al sol

Intentábamos hablar parados bajo la generosa sombra de un Quillay pero no se podía, no nos escuchábamos, el ruido era ensordecedor, pero era un sonido que habla de un renacer, de un salto a la vida en un ciclo que para nosotros parece no tener sentido por su propósito y extensión en el tiempo de manera más profunda, esa es la vida de la Tettigades chilensis una especie de insecto de la familia Cicadidae del orden Hemiptera, que aunque debimos decir que no es la hembra la que emite sonido sino el macho, con sus alas dentadas en el dorso de su tórax.

Y bueno, toda esta algarabía y ruidosa vorágine para variar no tiene que ver con ninguna otra cosa que no sea…sexo.

Y como dice la canción, “tras un año bajo la tierra” que hace referencia al ciclo biológico de esta especie, que por cierto es muy común, dentro las 22 especies registradas en Chile, de las cuales 18 son endémicas. Inician su ciclo en los calurosos días de verano, cuando los machos salen a cantar y las hembras oviponen hasta 80 huevos en las estrechas y delgadas ramas haciendo grietas en ellas con su aparato ovipositor como una verdadera lezna o cincel, estos huevitos son alargados de 2 mm color rojizo, de ahí nace, al cabo de unos 30 días casi a inicios de otoño, una minúscula ninfa amarillo-rojiza, curvada con una cabeza muy desarrollada de largas patas, que en un sagaz acto natural se deja caer a la tierra, donde penetra con sus patas posteriores especialmente adaptadas para excavar hasta llegar a las raíces de los árboles y plantas (sistema radicular), ya bajo tierra, se conecta como un verdadero USB que succiona sabia adquiriendo constantemente todo lo necesario para sobrevivir el largo periodo larvario que le resta de vida, que se estima tarda entre dos a tres años antes de convertirse en pupa, este último estado antes es relativamente corto, de ahí se convierte en adulto para iniciar nuevamente el ciclo infinito de su existencia.

Ahí se mantiene, silente, alimentándose en estado inmaduro hasta que llega su momento de emerger y preservar la especie, nada más, eso es todo, un ciclo natural sin más objetivos que asegurar su descendencia.

En otras palabras todo gira en torno a esto porque existen las feromonas, mientras nosotros bajo un árbol tratábamos de oírnos para conversar sobre las “chicharras” y los porqué de su estruendosa vida sexual, aprendimos los distintos tipos de feromonas en los insectos, como la feromona de huella que utilizan las hormigas o la repulsina de las abejas y obviamente la feromona sexual. Pero hay otras técnicas para atraer a las chicas, algunas especies utilizan la bioluminiscencia, una maravilla de la bioquímica natural que se produce con la degradación de luciferina con una enzima denominada luciferinasa encendiendo textualmente las pasiones.

Pero el caso de la Cigarra es distinto, porque por un lado esta especie no tiene nada que ver con la familia de las luciérnagas y por otro lado la Cigarra es diurna, sus actividad de apareamiento es cuando el Sol da su abrazo más ardiente. Por lo que recurre a otra estrategia de seducción “el meter ruido” ni más ni menos, ¿y cómo se llama eso? “Estridulación” que consiste en frotar enérgicamente superficies texturadas o dentadas generando el alboroto, por ello el estar de pie bajo un árbol no con una Cigarra, sino con tal ves, cientos de ellas rozando sus tímpanos, se convierte en una fiesta de cortejo de proporciones épicas para este seductor alado.

La Chicharra como también es conocida, tiene un rango de distribución amplio dentro de nuestro territorio, que va desde la región de Coquimbo hasta la Araucanía, este bochinchoso insecto, que de él seguro proviene el popular dicho, “El que nace chicharra, muere cantando” con las alas cerradas parece un triangulo midiendo al menos unos 3,5 cm de largo y con las alas expandidas alcanza los 7 cms.

Los hospederos de las Cigarras son variados, dependiendo de la distribución geográfica, en el sur pueden ser consideradas especies plaga cuando alojan en plantaciones árboles frutales, no obstante no revisten necesariamente un daño grave ya que tendrían que ser una población muy alta para comprometer los cultivos.

Más allá, de su ruidoso comportamiento y poco atractivo aspecto, su vida esta marcada por la mística de lo efímero, de su propósito natural en la delgada tela de la vida, nos da que pensar en nuestro propio propósito, y que a vista planetaria o galáctica para no ir tan lejos, somos también como cigarras, que sólo emergemos para desaparecer en sólo una fracción de segundo a escala cósmica.

Revista BIOMA

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