La Cordillera de los Andes, un macizo andino con la soberbia de su altura inalcanzable y su hostil carácter que se confabula con el cielo, un hábitat con inciertos comportamientos climáticos, donde en ocasiones los intensos vientos blancos enceguecen hasta el mejor adaptado a la montaña y las gélidas temperaturas resquebrajan hasta las piedras más duras.

Es un cordón cordillerano que se extiende por miles de kilómetros, desde las lejanas tierras subtropicales hasta la intrincada geomorfología austral de Chile, las tierras altas de esta cordillera relativamente joven en términos geológicos, no son todo hostilidad y soledad, albergan vida que se desenvuelve y sobrevive en sus ignotos rincones a la vista sólo del cielo y las nubes.

Y uno de estos aventurados sobrevivientes es el Minero cordillerano (Geosita rufipennis), porque a pesar de que la Cordillera de los Andes es su hogar permanente, estos macizos no siempre le prestan su mejor cara, haciéndole las cosas difíciles en invierno.

El descenso de la temperatura y las nevadas, reducen la disponibilidad de alimento para esta especie, por lo que cada año, como los crianceros de ganado pero al revés, migra en grupos a tierras bajas, incluso hasta el borde costero, en una hazaña en busca de sustento que consiste en semillas e insectos, este comportamiento es conocido como “migración altitudinal” anual y la realiza después de su periodo reproductivo que es exclusivamente llevado a cabo en las altas cumbres que dominan la geografía chilena.

El Minero Cordillerano posee nada más ni nada menos que siete sub especies que se distribuyen desde zonas áridas de Bolivia y Argentina, habitando en Chile cuatro de ellas, reconocidas por su nombre científico que en adelante abreviaremos de Geosita rufipennis como G.r. entonces está la G.r. fasciata que habita desde la quebrada de León en Caldera hasta la cordillera de Curicó, G.r. Harrisoni que la describen como una subespecie endémica de la quebrada de Paposo, G.r. hoyi en la zona de Aysén y la G.r. giaii que se distribuye en Magallanes. Estas denominaciones de subespecies corresponden al amplio rango de distribución dentro de nuestro territorio, que va, en resumen; desde Caldera en la región de Atacama, hasta Sierra Baguales y Torres del Paine en la región de Magallanes.1

Para tener más pistas sobre esta especie, montamos un pequeño bebedero para aves, que además de ser una suerte de ayuda artificial en estos cruentos tiempos de sequía, nos serviría para conocer de cerca esta y otras aves que nidifican o pasan por estos territorios, entonces ahí apareció, para refrescarse, una pareja de “Pachurras”, nombre vernáculo con el que es conocido en la zona de la región de Coquimbo.

Mientras sucedía este encuentro cercano, buscamos en nuestro banco de imágenes y hallamos registros de la G. rufipennis en el Monumento Natural El Morado, que está a sobre los 1.750 m.s.n.m. No obstante, según el Atlas de las aves nidificantes de Chile, hay registros mucho más arriba de esta especie en el desierto de Atacama, que llegan hasta los 4.400 m.s.n.m.

   


 

 

En cuanto a la nidificación, esta aventurera ave de cordilleras y bordes costeros, cava sus propias cuevas en la tierra, recopilando materia orgánica suave para acomodar entre 3 a 5 huevos, en los meses de septiembre a febrero, en este último y más tardío mes se le visto acarreando aún alimento, seguro a rezagadas nidadas.   

Desde nuestro puesto camuflado a unos metros del bebedero, en este “close encounter” observamos sus detalles, su distintiva franja blanca o más bien blanca “sucia” sobre sus ojos y el color canela de su plumaje, así como apreciar que mide alrededor de 16 centímetros largo, etc. nos damos cuenta, por lo demás, que es un ave curiosamente “confiada” ante la presencia humana, más allá de que en este bebedero, nosotros y la cámara estamos ocultos en un Hide fotográfico para observación de aves, de ahí nos enteramos de que existen denuncios de que esta especie en su migración hacia la costa debe, además de sortear obstáculos geográficos y lidiar con el natural agotamiento físico que esta travesía implica, es víctima de agresiones por parte de personas inescrupulosas e ignorantes que con ondas las apedrean sin motivo, en un claro dejo de maldad y desprecio por la naturaleza.

A este triste escenario se suma otra tragedia griega y que no afecta sólo a la G. Rufipennis, sino que a muchas especies de todos los tamaños, los atropellos en carreteras, no es raro que las carreteras interrumpen las rutas de desplazamiento natural de los animales en sus propios hábitats, causando innumerables muertes innecesarias y muy cruentas por lo demás, convirtiéndose los atropellos en una nueva amenaza a la fauna silvestre. Los estudios entorno a este “mal” de origen antrópico son tajantes y muy alarmantes, proyectos de investigación como Fauna Impactada2 dan cuenta de este fenómeno que va en penoso aumento en las carreteras del país.

A pesar de lo anterior, porque es una especie relativamente “común” en sus hábitats y su estado de conservación presenta un grado de preocupación menor, al menos en la categoría internacional (por que en Chile no existen antecedentes), admiramos profundamente tanto su singular presencia en nuestro bebedero como su heroico acto migratorio altitudinal, lo que nos enseña que bajo la mirada displicente de muchos, la naturaleza actúa y se manifiesta en formas diversas y definitivamente extraordinarias, instando al pequeño Minero cordillerano a ir en busca de alimento convirtiéndolo en un verdadero “trashumante alado”.

1. Atlas de las aves nidificantes de Chile, Medrano F. Barros R. Norambuena HV. Matus R y Schmith F. 2018

Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile

Revista BIOMA 2020

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MINERO CORDILLERANO, trashumante alado

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