IGLESIA DE LINCAY

Como toda isla, los limites fisicos estan determinados por las aguas de los canales que la rodean, como en el caso de Lemuy en el archipiélago de Chiloé, y por supuesto por el océano Pácifico, no obstante estas limitantes geograficas insulares cada trozo de tierra que se recorre parece interminable y es inevitable sentir que se está en el continente y no en una isla, no porque sea tierra “flotante” sino por que algunas islas por sus dimensiones sobrepasan la escala visual humana y el horizonte limitado parece realmente ilimitado.

Además de esta sensación espacial extraña, que nos da una isla, está aquello que conocemos coloquialmente como floclor, como tradición y creencias isleñas, son en esencia, un sin fin de historias que se tejen en torno a su endemismo cultural, a su vida aislada que por motivos que ciertamente desconocemos, podrían tener un dejo más arraigado de magia, de embeleso contemplativo de su propia naturaleza. Por eso, en escenarios como este es donde encontramos que la fe de sus habitantes los llevó a dejar sus apacibles vidas por trabajar malcomunadamente en un objetivo común, dar un techo en madera nativa a sus creencias. Por ello, en la ruta de las iglesias de la Isla de Lemuy descubrimos estos matices misticos y alegóricos de la necesidad humana de dar refugio a sus miedos y esperanzas, a su credo en un ser superior, que protege a los pescadores de las tempestades y les da tranquilidad a sus familias, así fue desde el principio hasta el día de hoy.  A sólo unos cuatro kilometros al suroeste de Ichuac*, nos encontramos en un camino interno que pasa por una pequeña localidad llamada Naulitad, para llegar luego al poblado de Lincay, cuyo nombre proviene del Huilliche y significa “aconchar”.

Los bosques laurifolios de arrayanes (Luma apiculata), coigües (Nothofagus dombeyi), petas (Myrceugenia exsucca) y ciruelillos (Embothrium coccineum) que existen en esta isla son marco natural para la avifauna nativa que se deja ver con frecuencia, como el chorlo chileno (Charadrius modestus), el cometocino patagónico (Phrygilus patagonicus), el cisne de cuello negro (Cygnus melancoryphus) y el infaltable chucao (Scelorchilus rubecula), nos muestran la ruta hacia Lincay.

Al llegar, la plaza que se resume en unos pocos metros cuadrados con una glorieta en su centro, es el corazón de esta pequeña localidad, que entre la escuela y la posta quien verdaderamente sobresale y realza la horizontalidad del cálido paisaje con su distinguida presencia es definitivamente la iglesia.

Una bella y simple obra de arte de la Escuela de Arquitectura religiosa chilota, si bien no es tan antigua como las anteriores ni es patrimonio de la humanidad, es una reliquia en madera construida en el siglo XIX.

El día que llegamos a Lincay, fue para nuestro pesar, el único día de toda nuestra ruta en que no tuvimos la posibilidad de visitar el interior de esta obra, por lo que debimos conformarnos con sólo apreciar sus formas desde el exterior, no obstante este desafortunado inconveniente, no quedamos del todo descepcionados, su figura esbelta y seductora nos permitió conocer cada detalle de su edificación, que claramente contiene la misma magia y creatividad de sus hábiles constructores, resultado de la observación y aprendizaje de sus símiles arquitectónicos dispersos en el resto de este paraíso insular.

La orientación de la fachada esta respetuosamente dirigida al mar, en un gesto de confabulación con sus aguas, llenas de vida, donde al fondo se divisa el islote Yal, un refugio para la biodiversidad local, donde quetros, cormoranes imperiales, albatros y zarapitos seguro terminan de coronar este manso y dulce rincón natural y cultural de Lemuy que aún nos guarda hitos arquitectónicos para descubrir.

 

*Edición de julio 2020

Revista BIOMA 

2020

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