IGLESIA DE LIUCURA

Después de un prolongado viaje que nos llevo por el patrimonio cultural de las iglesias de la ignota isla Lemuy, se nos cae un poco el alma a los pies ante las bellezas que dejamos atrás, llegamos a esta isla impulsados por las visiones de fe de los antiguos habitantes que heredaron en cada teja y en cada tarugo sus creencias, ya sea que fueran intrínsecas o inducidas por los evangelizadores que una ves invadieron estas remotas tierras y en tiempos en que las personas abrían sus corazones a los forasteros que traían mensajes del viejo continente, así es como estas historias y su legado quedaron plasmados en nuestras páginas y que conformaron una serie especial de las construcciones religiosas de la escuela chilota de arquitectura.

Salpicada por la luz tenue de una mañana nublada, que nos recuerda el espíritu innato de las islas del archipiélago de Chiloé, llegamos a Liucura, con la sensación que tiene todo viajante, que toca un fondo en el que la trama del romance se rehúsa a cubrir la realidades cotidianas del viaje.

Sin embargo, sin dejar de abstraernos por la romántica ilusión de descubrimiento, nos encontramos con esta iglesia que es un símbolo importante, no sólo de la fe sino también de la identidad de quienes habitan el lugar. Su construcción se estima que fue a inicios de siglo XX, en términos arquitectónicos considera un primer dado basal rectangular, definido por cuatro grandes pilares que continúan hasta traslaparse con los pilares de la figura del segundo cuerpo,  que  culmina  con  el chapitel y la cruz torre, desde cuyo basal penden las campanas.

No obstante, la iglesia no guarda su figura rectangular original, en 1960 cuando el mayor terremoto registrado en la historia humana azotó Chile, esta casa de fe de los lugareños tubo que ser reconstruida y por razones, seguramente estructurales, perdió cuatro metros en su largo total, aún así esta pieza del arte constructivo chilote no olvidó su esencia más pura y se levantó entre los escombros que quedaron.

La pálida tonalidad celeste del acceso principal contrasta erráticamente con el ocre del frontón y el café casi natural de las tejas de alerce que se mantienen intactas hasta nuestros días. En el interior, las añosas maderas del piso sostienen la abovedada nave central pintada de un frío celeste que también se conjuga mágicamente con la alegórica presencia de la clásica imaginería chilota, que silente observa el paso de los años y de sus feligreses. Inevitable es percatarse en el recipiente de agua bendita de piedra de un pieza tallada a golpes y que recibe a los fieles al entrar al templo, nada más bello en su rustica simpleza y que por cierto es característico de varias de las iglesias que hemos conocido en la isla.

Piedra blanca, es el nombre en Huilliche de Liucura, es una localidad tímida y breve en sus dimensiones, se alza entre flores rojas y la poesía del mar, ubicada en el lado sureste de la Isla Lemuy, el sector geográficamente está compuesto por Liucura pueblo, Cahueldao, Chaichaén y Marico. El poblado rural se distribuye en una larga línea de borde costero, acompañado por la costanera y un camino que conecta al sector con el sistema interior de caminos secundarios que llevan a Puchilco y Detif.

Con cisnes de cuello negro como marco de un escenario idílico, nos alejamos tratando de imaginar como eran estos paisajes en el siglo pasado y cómo la fe y la experiencia en la carpintería de rivera, sirvió para dar vida a estos “botes” que navegarían para siempre en las aguas de las creencias adquiridas mezcladas para bien o para mal con las tradiciones espirituales más arraigadas de los pueblos originarios chilotes y de los primeros habitantes colonizadores de estas tierras insulares.

Es la historia que se tejió en esta isla, es la historia que se tejió en las almas de los lugareños y que hoy es parte del añoso legado patrimonial de los lemuyanos.

Revista BIOMA 2020

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