POSTALES DE DOMEYKO

De no ser por la carretera el poblado de Domeyko no estaría a la vista, nadie lo vería y menos sabría que existe, estaría sólo en la memoria de sus habitantes más antiguos, Domeyko es vecino de Cachiyuyo, el poblado que se hizo famoso por un antiguo comercial de televisión, pero Domeyko no tuvo esa suerte, parece un pueblo olvidado.

En una colina que domina el pequeño valle, figuras metálicas a escala real del Quijote de la Mancha junto a Sancho parecen congeladas por el oxido, recrean su llegada a los molinos de viento, estas yacen impávidas al viento y el Sol del desierto junto con una escena un poco más allá de Jesús arrastrando la cruz junto a un soldado romano, ambas obras hechas con partes y piezas de metal, fueron realizadas por un artista local, un bohemio creativo y loco lindo autodidacta que vive textualmente en un castillo medieval construido por él, que convirtió el conjunto en un verdadero atractivo turístico para el dormido Domeyko.

Como en casi todo Atacama, Domeyko esta inserto en el profundo color arena mate que abarca todo cuanto los ojos alcanzan a ver, con no más de mil habitantes parece no tener ninguno, porque las calles evidencian vacío y soledad, sólo ocupadas por el viento y el calor de la tarde atacameña, hasta que vemos, mientras recorremos, una que otra camioneta desplazándose y un pequeño minimarket abierto, sólo ese momento Domeyko cobra vida para nosotros.

Esta poblado como muchos de esta zona es de origen minero, el oro le dio la vida y su forma, 1913 fue el año de fundación o creación, que de no haber sido por el tren los materiales para las casas nunca habrían llegado, son casi 108 años que Domeyko se tuesta bajo el abrazador Sol de Atacama, desde la antigua estación nació este poblado, la primera casa se construyó en el entorno de la estación que aun se conserva casi intacta.

Un poco más allá, entre unos delgados árboles que se mecen al son del viento, está la Capilla de Santa Elena, que inició su vida como templo de fe en 1935, y su nombre se lo debe a una devota vecina que donó en aquella época (1936) la imagen de Santa Elena, la que finalmente se convirtió en patrona de Domeyko.

Hoy cuando la visitamos, en un acotado espacio de tiempo, que no nos permitió profundizar más en su historia, notamos de igual manera su romántico pasado que se niega a morir, las sombras duras del día se dibujan en las añosas casas como la de la familia Cuadra, que aún vive y sobrevive en la casa 1, la primera casa construida aquí.

Sus vecinos a ratos se les ve deambular por sus solitarias calles, pocos niños, muchos adultos mayores hablan de un futuro incierto para los jóvenes, no hay trabajo motivo por el cual casi todos emigran a Vallenar u otras partes lejos de Domeyko.

Hoy el oro se fue de Domeyko, al igual que su juventud, sólo quedan algunos pirquineros que con la porfía y pujanza que los caracteriza, aún buscan vetas entre los desnudos y resecos cerros aledaños.

Son historias que se niegan a desaparecer, quienes no vivimos ahí y sólo pasamos por la ruta, no sentimos la añoranza de sus habitantes por no ser olvidados, por no ser un pueblo que agoniza ante el aislamiento. Domeyko es parte de las páginas de la historia de Chile, es patrimonio material e inmaterial de esas páginas. Finalmente reflexionamos que valió la pena la detención, que aunque breve, lo vimos, lo recorrimos, lo sentimos, pero por sobre todo nos llevamos una postal de la historia de nuestro país en la retina, era Domeyko en el desierto de Atacama.

Revista BIOMA 2021

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