Donde la sorprendente isla de Chiloé se hace más delgada, pareciera que el viento que proviene bajando de la cordillera de los Andes, y que se divide encrespando las aguas del golfo de Ancud y el Golfo del Corcovado, entra raudo en la costa oriental a la ciudad de Chonchi, un rincón insular lleno de mística que los españoles llamaron el “Fin de la cristiandad”.

La zona de Chonchi fue escogida por los jesuitas como puesto de avanzada para su misión concientizadora que dejo una sola huella o herencia positiva, y que hoy es claramente agradecida por todos y cada uno de sus habitantes, las bases de la  arquitectura chilota.

En 1767, fue fundada por orden del gobernador Guill de Gonzaga, la otrora Villa San Carlos de Chonchi, que vería más tarde como su primera iglesia se erguiría en 1769. Sus calles que suben y bajan por estar emplazada en tres terrazas naturales que dan sinuosidad a su forma y configuración urbana, coronaron finalmente la Plaza de Armas con la construcción de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario en 1893 con su campanario de 23 metros de alto.

Este bello templo fue construido con piedras y resistentes Cipreses que darían la estabilidad para dominar el paisaje hasta nuestros días.

Llegamos tarde a Chonchi, una ciudad que se guarda temprano, nubes oscuras descollan el cielo, no obstante con todo cerrado, el párroco de la iglesia nos recibe con fresca amabilidad, abriendo extraordinariamente las puertas del templo a nuestra cámara. Al entrar, lo primero que magnifica su construcción y nos empuja a una reflexión, no religiosa sino más bien de admiración creativa, es su nave principal decorada con un cielo azul y cientos de estrellas blancas, que dan la sensación que su enorme bóveda no existe y la mirada se dirige directo al cielo estrellado del hemisferio sur.

Los 45 metros de largo que parecen no terminar, están sembrados de rincones de madera con historias y huellas de fe de personas que por más de ciento veinte años la han visitado, el mágico silencio ennoblece su imaginería que posa inerte al paso de los feligreses, es cierto que en el interior el silencio es profundo, pero gracias a estos momentos de descubrimiento de nuestro patrimonio material, confirmamos que el silencio es un ente constantemente presente en todo el Archipiélago de Chiloé, mismo ente que hace de estas islas un poderoso imán para Revista BIOMA.

Sólo en noviembre, para ser más especifico cada 4 de noviembre el silencio de la iglesia es corrompido por la celebración de la fiesta religiosa de San Carlos de Borromeo, que por cierto es el patrono de Chonchi.

Monumento Nacional (1971) y Patrimonio de la Humanidad (2000) es un polo atractivo para el turismo, pero Chonchi tiene una suerte de fábula mítica en su atmosfera, porque al caminar por sus calles justo a esa hora mágica que los fotógrafos llamamos “la hora azul”, un lapso breve en que el crepúsculo ya se ha marchado pero el cielo aun conserva una profunda tonalidad azulacea que en minutos se transforma en el manto negro de la noche, con este espectral ambiente lumínico las fachadas de las añosas casas, los rincones con la textura de la madera noble, las luminarias públicas con su a veces molesta coloración naranja, parecen querer cobrar vida y hablar con quienes las admiran, todo esto mixturado con ese aroma encantador del mar y la lluvia chilota.

Son momentos para entender de mejor manera los lugares que visitamos y es más, para apreciar cabalmente el patrimonio arquitectónico, no con la fugaz mirada del día, respirar el mutismo mágico del paisaje en un atardecer y recorrer su historia por las calles observando sus detalles, hace de emblemas patrimoniales como Chonchi un lugar no sólo para visitar y sumarlo a una lista de sitios conocidos, sino para llevarse en la retina la esencia del alma chilota.

R.Ed.

Revista BIOMA 2020

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CHONCHI los colores de la tarde

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