TACORA, los fantasmas de aguas calientes

En la zona de las cumbres fronterizas de Chile en la comuna de Putre Provincia de Parinacota, se ubica un silencioso poblado que lleva el nombre del volcán que corona este inhóspito paisaje; el Tacora (latitud sur 17º 43´ longitud W 69º 46´), este se encuentra a 40 kilómetros de la capital comunal Visviri.

Pero nuestra historia se escribió a diecisiete kilómetros de ahí, por un camino exigente e intrincado que se eleva a 4200 m.s.n.m. donde encontramos abandonadas y roídas las instalaciones de Planta azufrera de Aguas Calientes bajo la sombra del Volcán Tacora que parece  desformarse por la perspectiva y el brillo de sus hielos eternos que rasguñan el cielo.

Aquí la historia de Chile tiene largas páginas escritas en estos desolados lugares. La minería ha sido siempre parte de la riqueza del país, el salitre interpretó un papel valioso para el progreso en el siglo pasado, pero también el Azufre llevó a muchas personas a trasladar sus sueños y esperanzas, a la cima de sus ambiciones  textualmente hablando.

Y esos sueños nacían de la planta de Aguas Calientes, que extraía y elaboraba azufre al explotar los yacimientos de Caliche (vocablo quechua que significa “sal”, mineral de alta concentración de nitrato y yodo) en las laderas del Tacora y su gemelo el Chupiquiña, ambos a casi 6.000 metros de altura. La Compañía Nacional de Azufre transportaba el producto a Villa industrial en los vagones del que fue por aquel entonces el tendido ferroviario más alto del mundo.

La tecnología no era un método presente en las faenas de extracción del mineral, trabajaban a tajo abierto o también en socavones y cuevas bastante irregulares, haciendo la selección a mano del material para bajarlo después en torres anda niveles que se descuelgan aun en la quietud de la sublime altura.

La minería de la época empleaba para la elaboración de su amarillo producto tres sistemas: la sublimación en retortas, a fuego directo; la fusión en autoclaves fijas o giratorias, con vapor sobrecalentado y la flotación que se localizaba al costado noroeste del volcán Tacora.

Más allá de los aspectos técnicos de estas antiguas faenas no es de sorprender que los mineros de antaño debieran ser casi invencibles o muy desquiciados para luchar con la puna y el frío, extrayendo el mineral de las fauces mismas del volcán, sin las tecnologías actuales de ropas de doble capa, ni las mínimas medidas de seguridad hoy exigidas.

La impetuosidad de la minería tenaz y exploratoria de aquel entonces, no sólo trajo dinero y estabilidad laboral para quienes vivían prácticamente en sus laderas, sino que muy probablemente les arrebató sus vidas en accidentes o enfermedades causadas por las malas condiciones laborales de la época.

Son muchas las historias que se tejieron alrededor no sólo de la Azufrera, sino de sus trenes y trochas que subían y bajaban de la planta para llevar el mineral.

Hoy la planta de Aguas Calientes es un pueblo fantasma, que sólo algunos aventureros han visitado. Desde un punto elevado dominando las instalaciones y casi al borde de desaparecer por el mal estado de conservación esta la casa de la administración que no deja de crujir con el viento helado, es imposible no sentir aquella nostalgia por lo que se extingue silenciosamente sin poder hacer nada para cambiar su destino.

Desde las ventanas que aun tienen trozos de vidrio que una vez protegió a sus ocupantes, se divisan varios metros más abajo las casas, la planta procesadora, la pulpería y una vertiente de aguas termales que le dio el nombre de Aguas Calientes a estos solitarios rastros de presencia humana.

Desde este punto el paisaje se percibe como una paleta de un pintor, con colores de origen mineral, ocres, terracotas, verde y amarillos enriquecidos con texturas aireadas por cientos de millones de años, que esboza  las obras de arte de la naturaleza que corroe y transforma los suelos.

En el silencio se percibe la agitada vida de la planta en su apogeo productivo y por que no decirlo se siente la mirada espía de sus habitantes desde las ventanas y puertas impregnadas con su presencia fantasmal.

Y como los relatos lo demuestran, es inquietante oír de voz de Carabineros de frontera sus aventuras con lo desconocido...”mientras hacíamos patrullaje en la frontera la noche nos sorprendió en la azufrera, algunos de los colegas se quedaron abajo en la pulpería cuando de repente y entre sueños la planta cobró vida en la mitad de la negra noche, gente que caminaba, ventanas que se habrían, ruidos de golpeteos como de maquinaria en pleno funcionamiento...”

(Relato verídico del carabinero de frontera Chávez).

Es como invadir un sueño suspendido en las manos del tiempo y el olvido, es cierto que en estos singulares valles y quebradas hay lúgubres páginas que nadie podría explicar coherentemente aunque mil veces se repitan ante sus ojos.

Pero la realidad habla de otra cosa, la necesidad imperiosa de preservar y proteger estas añosas instalaciones, que se desdibujan de la memoria de las personas que una vez dejaron su juventud aquí.

Las historias que quedaron atrapadas en estas paredes de adobe y que formaron parte de la historia de nuestro país, no sólo en los aspectos económicos, sino que en la vida de familias que depositaron sus esperanzas, el aire de sus pulmones y derramaron sangre de sus venas, haciendo que la fuerza de sus espíritus se grabara en el limbo del tiempo.

La planta azufrera de Aguas Calientes representa un hito más en el largo camino de progreso que a Chile le ha costado seguir y eso es un legado que debemos rescatar de las manos de la desventura de nuestros monumentos y recuerdos más descuidados.

Revista BIOMA 2021

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