IGLESIA DE ALDACHILDO

Caminamos por la costa de la Isla Lemuy hacia el norte, y el paisaje sobrecoge, somos visitantes temporales en este pedazo de tierra, pero el alma de esta pequeña tierra insular que es isla de otra isla, nos convierte de una u otra forma en nativos. Luego de salir de Puqueldón nos dirigimos hacia el sector de Aldachildo*, una red de caminos rurales conectan las diferentes localidades de esta isla, que a decir verdad, al recorrerla, a ratos no parece que estemos en una pequeña isla, sino más bien en un gran territorio continental.

No obstante, la sensatez regresa, cuando en ciertos tramos vemos el mar que se asoma entre los bosquetes que no tapan la vista, sino que la embellecen. Son muchas las sensaciones que trae Lemuy con su biodiversidad y valor escénico, pero buscamos en esta ocasión su patrimonio material, como ya conocimos en ediciones anteriores* otras dos iglesias de esta serie especial. Ahora nos acercamos a la Iglesia de Jesús Nazareno de Aldachildo, emplazada casi a orillas de la playa del Canal Lemuy, en una gran pradera de pasto cual jardín recién podado, impresiona su forma de la escuela chilota de arquitectura religiosa, rígida y rectilínea, que vigorosamente su campanario se alza 18.5 metros a un cielo que, en esta oportunidad, nos acompañó con una tonalidad azul de zafir, por ello esta construcción de la fe chilota contrasta perfectamente con ese cielo, ya que su forro está hecho de madera de fino alerce, y aunque está un poco más opaca aún conserva la textura de este árbol que le dio la vida, cabe señalar que el alerce hoy es una especie arbórea protegida, pero entre 1905 y 1910, cuando fue construida, no había conciencia del valor ecosistémico de las especies nativas de estas latitudes.

Fue declarada Monumento Nacional en la categoría de Monumento Histórico el 10 de agosto de 1999 (por Decreto Supremo nº222) y posteriormente también fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco un 30 de noviembre del año 2000, eso la convierte en una obra protegida de valor incalculable y de delicado cuidado, sin embargo estas declaraciones patrimoniales generan, como hemos señalado anteriormente, un problema para sus protectores locales ya que ante cualquier necesidad de reparación física por menor que sea, no se puede hacer sin antes solicitar un estudio de restauración especializado.

Las Iglesias de Lemuy siempre están abiertas o son accesibles gracias a sus comunidades locales que las mantienen y cuidan, antes de entrar, es imposible no reparar en cada detalle sorprendente de su construcción exterior, que especialmente llaman la atención grandes basas de piedras tipo bolón, puestas estratégicamente bajo toda la estructura, los pilares de una pieza del pórtico conjugan dos estilos arquitectónicos clásicos como los arcos de medio punto y ojivales del arte gótico, sobre ellos un frontón entablado a traslapo magnifica su presencia en el prado mientras parece sostener al distinguido y estilizado campanario.

Al entrar, nos encontramos con un cielo abovedado color azul de su nave principal, sembrada de cientos de pequeñas estrellas amarillas, como si el cielo exterior entrara con nosotros y no dejáramos de apreciarlo, entre los arcos de medio punto que separan esta magnifica nave central con los pasillos laterales, todo construido con ciprés y coigüe, sus antiguos decoradores pintaron flores rojas y amarillas imaginando una eterna primavera aun en los días más oscuros y lluviosos de invierno.

Casi a fines de los meses de agosto de cada año su santo patrono es celebrado con procesiones locales, llenando de más color y fe sus praderas y vistoso paisaje insular.

Nuevamente en su silente interior nos encontramos con la imaginería de santos vestidos, simple, tosca pero bella y perfecta en su esencia más básica de la expresión artística de los antiguos feligreses chilotes, que inspirados por los Jesuitas del medioevo español (entre el siglo XVII y el XVIII) formaron un estilo característico propio e identitario, que cabe decir, fue lo único “positivo” que heredaron a estas tierras australes, antes de ser expulsados de Chile (1767).

No obstante gracias a que el archipiélago de Chiloé es en sí mismo un verdadero universo cultural de mixturas muy particulares, probablemente no hubiese requerido de la intervención ajena para crear ese espíritu que se reflejó en este escenario arquitectónico, que tiene sus propias practicas religiosas con también su propia lingüística mítica, vería igualmente muchos amaneceres conservando lo que hoy tenemos frente a nosotros. 

 

 

*Nombre que deriva del Mapudungun: aldi “muy”, “abundante” y por chilin “fluir” o “manar a borbotones”

*Ediciones enero 2018 y noviembre 2019

Revista BIOMA 2020

VOLVER

logotipo propio CONAF 2018 A-01-01.png

© 2020  REVISTA BIOMA, TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS