Por las antiguas rutas de los troperos prehispánicos en el desierto de Atacama, circularon distintos grupos humanos, distanciados unos por cientos de años y otros coexistieron y compartieron incluso mercancías venidas de distintas latitudes, en ese ir y venir de pueblos la vida se desenvolvía en perfecta armonía con la naturaleza, en su estado prístino e inmaculado, el impacto ambiental de estas culturas era nulo o simplemente imperceptible.

Ante esto, seguro era un hábitat muy distinto al actual, fauna mayor que pululaba por estas estepas alto-andinas, flora rica en frutos y tubérculos de las estepas arbustivas prepuneñas, ambos reinos de la madre tierra, flora y fauna, proveían a los primeros habitantes de todo lo necesario para sus asentamientos.

Así mismo, otro elemento de esta ecuación natural para una exitosa supervivencia, que abundaba también estaba presente en este escenario… el agua.

El agua, provenía del río más largo de Chile, que actualmente conocemos como el Loa, una serpenteante vena de vida que se escurría en el desierto creando ricos mundos bióticos de inesperada belleza, los pueblos ancestrales de este extremo del país contaban con su agua para sobrevivir, el río no sólo alimentaba a las tierras fértiles para los arcaicos cultivos, sino que albergaba especies arbóreas autóctonas que brindaban sombra y refugio tanto a los trashumantes como a los asentamientos humanos que esparcían por larga rivera. El río brindaba generosamente una fuente constante de recursos en un paisaje que hasta hoy, se caracteriza por su inhóspito y rudo carácter.

Y así fue el panorama en este extenso río por milenios, pero la historia tubo un giro.

Sabemos hoy que el río Loa es la única cuenca exorreica que alcanza dos regiones (I y II) que lleva sus recursos hídricos de los macizos andinos al basto océano Pacífico, se trata (ba) de un proveedor de vida de 440 kilómetros de longitud que es capaz de a enfrentar al gran desierto de Atacama.

Por cierto que ante tal riqueza, las formas de vida se establecen y prosperan como narramos anteriormente, al menos esa es la lógica, así sucedió con un poblado que nació en sus riveras, llamado Quillagua, fundado gracias al advenimiento de los tiempos de bonanza que trajo consigo el Salitre en la zona.

Hasta ahí, todo relativamente bien.

No obstante, esa bonanza no duraría para siempre, por que lo impensado y jamás soñado por pueblo ancestral alguno que haya habitado sus riveras, era que esta hoya hidrográfica de 33.570 km2 tendría su propia crónica de una muerte anunciada.

En unas cuantas décadas, la minería moderna vio en estas tierras grandes riquezas subterráneas y sin miramientos comenzó la sobreexplotación de los recursos naturales en los entornos inmediatos, la mega minería con sus ambiciones económicas y displicentes acciones con el hábitat dieron inicio a un paulatino retroceso en esta prosperidad natural, las diversas compañías mineras que actualmente operan en la zona de Atacama han contaminado el río Loa a niveles insospechados y consumido su caudal al punto que ya es visible su agonía bajo el implacable Sol nortino.

“Quillagua era un manto verde y frondoso hasta donde alcanzaba la vista” comentan sus habitantes, hoy es un fino cordón de apagado color verde oscuro mal oliente y que parece no fluir, estancado con borra lodosa atestada por mosquitos y libélulas.

Las calles y rincones de Quillagua parecen rechinar bajo el Sol, estas se ven solitarias, llenas de nostalgia por aquellos años que seguramente no regresarán, aún se mantienen en pie construcciones que una ves fueron posadas, negocios o viviendas con las características “calaminas” en sus fachadas, frente a ellas vetustos árboles que con sus raíces levantas el pavimento y que seguro sobrepasan los doscientos años de vida, “es un pueblo de ancianos” comentan algunos vecinos que claro está, aman su Quillagua y lo dicen con cierto dejo de tristeza.   

La ironía de esta escena es que Quillagua hoy se sostiene en parte gracias a su verdugo, las mismas empresas mineras que la han condenado a morir, como la mismísima Codelco, porqué? Porque envenenaron y secaron la única fuente de vida que había.

Cruzando el pequeño puente de Pichi-Quillagua se ve sólo la sombra del otrora majestuoso Río Loa, parece no fluir, estancado, mientras la borra y el mal olor se adueñan de él, sólo algunos patos colorados y otras aves menores aún se resisten a abandonarlo, hasta las plantas de rivera que se descuelgan normalmente en este tipo de ambientes se están secando. El Xantato, el Isopropanol y otros metales pesados que se derramaron en 1997 en sus aguas han provocado la muerte biótica del río y han hecho del Loa un río “zombi”, que se mueve pero no respira.

Los habitantes de Quillagua, se enfrentaron a una verdadera historia de la Dimensión Desconocida, una realidad paralela, vivían en la rivera de un río pero no tenían agua. Sus cultivos de alfalfa perecieron con el agua contaminada que los quemaba, intentaron sobrevivir elaborando carbón vegetal de Algarrobo, pero ante una situación de conservación de los bosques nativos de la cuenca del río no pudieron seguir adelante con dicha actividad. No quedó otra alternativa para resolver la crisis económica a las familias, que vender sus derechos de agua, ¿a quién? A la Sociedad Química y Minera de Chile, más conocida como Soquimich.

Acá va un dato numérico para dimensionar la situación (fuente: noalamina.org) “De los 120 litros por segundo l/s inscritos en 1987* los pobladores de Quillagua vendieron a Soquimich dos tercios de sus derechos, quedando sólo con 41 l/s” tras este triste panorama las familias comenzaron a marcharse del pueblo.

Es evidente la estrategia de las grandes mineras para apoderarse del recurso, contaminan las aguas y después compran los derechos a estas.

El año 2000 tampoco trajo una mejora, un nuevo hecho de derrame agudizó la ya agonizante situación, para variar el origen eran los tranques de relave de Chuquicamata, esta ves era Mercurio, que sobrepasaba por cientos la medida permitida (1ppb) en las riveras de Quillagua llegaban las medidas a 430 ppb de Mercurio.

Cuando caminamos por las orillas de este malogrado río, miramos con dolor como algunos peces pequeños aún nadan en sus turbias aguas, imaginamos que se trata de un acto de la naturaleza por mantener la vida en algo que agoniza.

Pero esto no termina acá, además de la contaminación, el Loa se seca, porque no corre en los periodos que naturalmente lo hacía (primavera y verano) a parte de lo que sucede en la temporada del conocido invierno boliviano, donde su caudal aumenta. Esto por que Soquimich toma aguas en Chacance, lo que prácticamente lleva a cero el caudal.

Tras todos estos hechos, hay un sin fin de ir y venir de demandas, reclamos y vista gorda de los responsables directos e indirectos, la única verdad es que hoy en el amanecer de este 2020 la agonía continua, Quillagua es hoy una lagrima en el desierto que muere y se seca inevitablemente.   

 

 

*En 1987 la Gobernación de Tocopilla, el mismo año curiosamente, en forma arbitraria redujo de 400 l/s que era la disponibilidad de agua original de los habitantes de Quillagua a los 120 l/s que después se vieron obligados a vender…

Revista BIOMA 

2020

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QUILLAGUA, la muerte anunciada del río loa

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