Una descripción breve de cómo es el semiárido, sería, tal vez injusta, pero se podría decir que es un paisaje monocromo y agostado en su esencia más palpable, de tonalidades pardas y textura agreste, todo agravado por una sequía que se mantenido por años.

No obstante, las apariencias engañan, esta monocromía que se expresa con el marrón que predomina el paisaje, se mimetiza con el verdor de bosquetes esclerófilos relictos, cactáceas en las laderas de los cerros que buscan el sol, matorrales y espinos. Aún así, esta no es una descripción negativa del hábitat que es hogar del zorro culpeo, de la chinchilla o la tenca, sino porque es parte de su carácter bioclimático, su naturaleza, por tanto el fundamento de su ser como ecosistema de semidesierto, se debe a las bajas precipitaciones, su geomorfología transicional de valles transversales únicos en la geografía del país que se ubica entre el gran desierto de Atacama y el territorio biogeográfico mediterráneo de Chile central, considerando además la condición especial de ser la parte más angosta del país que se bate en un suspiro entre los macizos andinos y el mar.

En este escenario y en pleno mes de junio 2020, donde extraordinariamente la presencia de un “río atmosférico” que ha incrementado las precipitaciones abasteciendo a los apretados y resecos suelos del semiárido con un superávit de agua, todo puede cambiar de un momento a otro. El caprichoso comportamiento del clima y su pulso de constantes cambios de pronto provoca el descenso de la isoterma en el sector de la cuesta de Aucó–Los Pozos, que es la ruta que une a la comuna de Canela con Illapel, ahí las serranías de Quelón y Cocou vieron como el agua lluvia, a la que no están necesariamente acostumbradas, se transformó en nieve a sólo unos 1.500 m.s.n.m. pintando cada piedra, cada espino y cada cactus de gélido blanco.

Si bien, esta nevazón no es un producto más del cambio climático, es un fenómeno muy inusual para esa zona, por su registro altitudinal y latitudinal, es decir; nieve a tan baja altura en relación al nivel con el mar y tan cerca del mar, donde las presiones atmosféricas son distintas a las zonas precordilleranas y cordilleranas.

La receta para un coctel climático, del tipo que sea, requiere de la fusión varios ingredientes tanto en el entorno físico como el ambiental, para que se suceda, al menos en los lugares que son habituales que se sucedan.

Las serranías del semiárido que se encuentran relativamente aledañas a la costa, están muy por debajo del rango predecible para precipitaciones de este tipo, es decir fuera de la cota de altura normal para que se reúnan todos los factores intrínsecos de la atmosfera, como la intensidad de las precipitaciones, las temperaturas en las distintas capas atmosféricas, la humedad o el viento predominante, etc.

Entonces, el coctel de nieve puede por lo menos usar dos ingredientes básicos, uno; temperatura idealmente por debajo de los 2ºC y precipitación, esta combinación es la que se da en la cordillera, incluso en meses invernales en la precordillera donde ambas están a alturas realmente considerables, pero claro, todo se vuelve más complejo cuando todo esto sucede en las serranías con cotas bajas o incluso que están casi a nivel del mar

Ante todo lo anterior, nos encontramos con estos fenómenos climáticos que en ocasiones se contradicen a sí mismos en la física de su formación, actuando de manera inesperada en ambientes atípicos como el caso de estas solitarias serranías, son los inusuales pulsos de la madre naturaleza.

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SERRANÍAS NEVADAS

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