El desierto de Atacama, tiene ese halo de misterio que lo caracteriza, la solitaria carretera se presenta como un rasguño en una extensa tela y monótona en color y forma.

No hay contrastes, sólo complementariedad tonal, la vida cae moribunda ante los pies de este gigante árido, el más árido del planeta, parece un enemigo indestructible e inclaudicable ante cualquiera que se atreva a entrar en su profundo abrazo.

Son paisajes que parecen no guardar sorpresas, pero sí las hay, la madre naturaleza en este basto desierto ha guardado sus hijos más queridos, la vegetación, para darles el carácter y el tesón para sobrevivir.

Por un largo tramo, nos adentramos en una ruta solitaria y polvorienta, que nos lleva al corazón de la Reserva Nacional Pampa del Tamarugal en su interior se encuentra el Salar de Llamara, un paraje extraplanetario con matices mágicos y difíciles de comprender, en este ensamble de cielo y ambiente extremadamente salobre crece y se desarrolla exitosamente una especie de vegetación halófita* tal ves única en su esencia más salvaje.

A la distancia, entre un horizonte que desfallece con el Sol, unas siluetas se recortan mientras nuestros ojos intentan comunicar al cerebro la información de un paisaje que más parece una página del Atlas planetario del cosmos.

Las siluetas se mantienen inmóviles, como petrificadas, pero están vivas y su erguida anatomía se la deben a eso precisamente, a estar vivas, son los Penitentes de la Pampa del Tamarugal, son en realidad una especie de pasto llamada Grama salada (Distichlis spicata).

*Especie capaz de vivir y prosperar en hábitats con altos porcentajes de salinidad.

Estos ambientes salobres como el salar de Llamara presentan, contrario a lo que se puede deducir, una gran variedad de especies vegetativas que logran sobrevivir en tan hostiles hábitats, como la Chilca (Baccharis juncea) planta halófita,  la Retama (Hoffmannseggia aphylla) y el emblemático Tamarugo (Prosopis tamarugo), pero la Grama salada tiene un peculiar comportamiento de desarrollo natural ya que no sólo crece alrededor o en las cercanías de los Puquios en extremo salobres, sino que crece sobre las secciones muertas de sus antepasados, erigiendo estas esculturas volumétricas que mientras más apartadas están de la humedad, más altura consiguen, llegando algunas a sobrepasar el metro de altura lo que les mereció su apodo de penitentes.

En este verdadero museo de esculturas naturales, todo tiene un sentido, una finalidad, la Distichlis spicata batalla por mantenerse con vida creando una suerte de colchón para absorber y conservar la tan preciada humedad ambiental de escurrimientos y de las esporádicas y distantes precipitaciones estivales del invierno boliviano.

Los montículos de Grama salada hacen merito a su nombre y su apodo, dando carácter a un salar con extraordinarias características bióticas, más allá del misterio la biodiversidad altiplánica nos deja asombrados con sus incomparables formas e historia natural, son la expresión máxima de la capacidad de colonización y adaptación de las especies a todo tipo de ambientes, son extremófilos o formas de vida extrema con capacidades únicas.


Revista BIOMA

2020

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LOS PENITENTES DE LLAMARA

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